No nos ofende la corrupción

En sentido general, netamente la corrupción no está entre las cosas que indignen al grueso de la población dominicana. Tan pronto un hijo de este pueblo accede a una posición de poder en el Estado, son los más cercanos familiares los que le indican “esta es tu oportunidad” y agregan “no desperdicies este chance” y afirman “ahora puedes hacerte con algo”.

Y también son los familiares de cualquier nuevo funcionario, los primeros en exigirle que favorezca con empleos a cuanto pariente cercano necesitado tenga dicho funcionario, y de ser posible beneficie a los que están trabajando concediéndoles contratos para prestar servicios en la institución que dirige ese ciudadano.

Lo anterior se hace primero de forma amable, pero si la persona beneficiada con un cargo público se niega a beneficiar a sus parientes y relacionados, inmediatamente llueven las más crudas maldiciones sobre la persona de que se trate.

Entrar pobre en un cargo, y salir de él con la misma condición de pobreza es ser en nuestro pueblo la quinta esencia de un pendejo andante y despreciable. Nuestro pueblo no solo ve mal que una persona no “cambie” notoriamente a costa de un cargo público, sino que se asquea de ver a alguien que no “aprovecha” esa “oportunidad” de hacerse de algo a costa de un cargo público.

Lo anterior no solo son pensamientos y actitudes reales de nuestro pueblo. Y no solo se trata de comportamientos que cualquiera de los que lee este artículo ha visto más de una vez en su vida. Aparte de lo anterior, los comportamientos y situaciones antes descritas son exactamente aquellas en las que pueden verse envueltos cualquiera de los lectores de este artículo, si de repente resultaren nombrados en un poderoso cargo.

No podemos olvidar que vivimos en un país pobre. No podemos echar a un lado la dramática realidad de que más del 80% de nuestra población activa gana igual o menos de quince mil pesos mensuales (1). No podemos ignorar la cantidad de madres solteras jefas de hogar. Solo tenemos que ver el tamaño de nuestros barrios y cordones de miseria en todas nuestras ciudades. A todo lo cual se suman poblaciones apartadas y arrasadas por el abandono y el hambre. Nuestro país es un país lleno de carencias. Aquí no hay margen para idealismos, ni para posturas de honestidad romántica. La realidad indica que hay que comer, tener un techo, un trapo que vestir, algo con qué hacer frente a una enfermedad y algún capital para vivir “bien” luego, para muchos, poco importa en realidad como se consiga eso.

Lo anterior es la realidad nacional más extensa. Una realidad de la que participan amplias mayorías nacionales.

El ignorar la auténtica catadura moral—flexible y elástica—de nuestro pueblo ha sido uno de los errores capitales del movimiento moral contra la corrupción e impunidad en nuestro país. Hechos como la impresionante cantidad de votos con que fue electo el senador de San Juan en las pasadas elecciones (2) debería de decirnos algo sobre por dónde van los tiros aquí.

Mucho antes de que el ex procurador general de la República, Dr. Domínguez Brito revelara que algunos diputados electos tenían un pasado delictivo e incluso narco, en las poblaciones de las cuales son oriundos tales políticos hace tiempo que se sabe públicamente eso y a nadie le importa y más que eso, aun sabiéndolo votaron en masa y decididamente por tales candidatos manchados.

La gente ve en sus barrios y comunidades como jóvenes y viejos mueren tragados por la miseria, la necesidad y la marginalidad, es un cuadro terrible y a la vez popular y frecuente. Escapar de tal realidad es algo que casi no se piensa en nuestro medio. Tomar un cargo para beneficiar a los suyos es casi un acto reflejo de muchos hombres y mujeres que laboran en el Estado. Sacar todo el beneficio que pueda de un cargo para así escapar definitivamente de la miseria es visto casi más como deber, que como delito en nuestro medio.

¿Qué hacer ante todo esto? Aceptar a nuestra gente tal y como es. Comprender sus circunstancias y el poco margen que esas circunstancias dejan al idealismo romántico de un Estado de instituciones, rectitud y justicia. Y junto a lo anterior hacer merengue, bachata, cuento o canción de la idea de los valores que defendemos hoy. Así lo hizo el profesor Bosch, quien habló a este pueblo primero desde un libro de cuentos. Es una salida muy simple y principalmente posible para los que tengan el talento.

Notas:

  • Artículo de El Caribe sobre más del 85% de empleados del país que ganan menos de quince mil pesos mensuales:

http://www.elcaribe.com.do/2015/12/10/mayoria-gana-menos-15-mil

  • Reporte de Acento.com.do sobre Félix Bautista y Cristina Lizardo como los más votados elecciones 2016

http://acento.com.do/2016/elecciones2016/8349477-felix-bautista-cristina-lizardo-se-mantienen-candidatos-mas-votados/

El progreso opaco del PLD

Es un mito pensar que el desarrollo solo es posible dentro de niveles óptimos de transparencia y honestidad en la administración pública. Casos como el de Rusia, luego de la guerra fría; Brasil o China, demuestran que con importantes niveles de corrupción una nación puede avanzar y mostrar señales inequívocas de progreso y desarrollo.

Se trata de un desarrollo opaco, y muy costoso. Un desarrollo donde hay grandes sobrevaluaciones, trampas, fraudes, tráfico de influencias,  grupos preferidos. Llanamente corrupción.

No obstante, en estos casos de desarrollo opaco se da el fenómeno político-económico de que aún a  habiendo corrupción, las líneas generales de varios gobiernos marchan en pos de metas concretas; sus proyectos se dirigen a obras que agregan valor, multiplican la producción, aumentan la inversión extranjera, dinamizan la economía interna. Amén de los múltiples e inmorales peajes de facto que informalmente se fijan en el camino.

Es un desarrollo que endeuda a generaciones y que a la vez optimiza los medios de producción para pagar esa deuda, en parte justa y en parte injusta.

El Metro de Santo Domingo, el Teleférico de Santo Domingo; la red de pasos a desnivel, elevados y túneles en Santo Domingo. Las autopistas que enlazan a Samaná con Santo Domingo, o al Sur con el Cibao. La multitud de caminos en municipios y pueblos agrícolas. La multitud de escuelas, todo lo cual no escapa a cuestionamiento, pero que innegablemente son tan reales como los puentes romanos que todavía hoy surcan regiones de Europa.

Sin embargo—aún y cuando se beneficie abundantemente de ese desarrollo opaco—ninguna nación puede permanecer siendo atractiva a la economía internacional sin instituciones, sin seguridad jurídica, sin estabilidad legislativa y sin cultura de respeto a los pactos y convenios comerciales, sean multilaterales o bilaterales.

Llega entonces el momento inevitable en que las instituciones, la seguridad jurídica, la transparencia, el respeto a la ley se hacen un imperativo real; no porque moral o idealmente sean lo deseable, sino porque hacen al progreso sostenible, y por eso vienen a ser necesarias para quienes dirigen, y para quienes se benefician del sistema.

Nuestro país, bajo la égida del Partido de la Liberación Dominicana, ha ido trillando una senda de progreso opaco. Tal progreso se verifica en medio de una nube de cuestionamientos, hechos vergonzosos y graves acusaciones—algunas veces, bien fundamentadas. Sin embargo, eso no detiene  la locomotora, pues este partido ha conseguido comprometer los intereses de muchos, y generar beneficios para otros tantos determinantes e influyentes sectores en el proceso—opaco—de desarrollo, que como en otros países, se verifica en nuestro país.

Tienen razones reales quienes alzan su voz contra la corrupción, la falta de transparencia, la debilidad en las instituciones, el nepotismo, el tráfico de influencias y muchos males más. Es cierto que directamente el pueblo sufre las consecuencias de esto. Sin embargo, en Realpolitik la ética es adorno y no pieza fundamental del engranaje.

No planteo una rendición, aceptación, ni justificación al progreso salpicado de cuestionamientos que brinda el Partido de la Liberación Dominicana. Solo apunto al carácter del mismo.

Si todo sigue como va. Si un desastre natural no se lleva todo en 12 segundos o en 45 minutos de viento huracanado; si todo continua así, una próxima generación caminará sobre todo ese progreso—ya dado como un hecho y tenido como una realidad de siempre—sin poder ver las sombras, ni las manchas; enterándose de los escándalos de hoy vía las hemerotecas digitales y análogas disponibles.

Si alguien piensa que el desarrollo opaco, poco ético y cuestionable, no es posible, solo basta ver al primer mundo lleno de potencias que se han lucrado—bancaria e industrialmente—de forma muy cuestionable del resto de pueblos del planeta; potencias que envían a sus propios jóvenes a pelear por nuevos mercados, más materias primas encubriendo tal propósito en extensas consignas propagandísticas y manipuladoras. En esas naciones un niño de once años juega al lado de su abuelo en un parque, y ni uno, ni el otro pueden ver las sombras, ni las manchas en que se cimenta el progreso y desarrollo del que disfrutan.

El camino de la ignorancia a la sabiduría, en cualquier rama del saber o conocimiento humano, va de la oscuridad a la luz. Lo mismo pasa con el progreso y la civilización. En ese tránsito o camino, muchas veces es de rigor que haya un tramo opaco. La historia universal lo atestigua.

Nuestra obligación es no permanecer indefinidamente en la penumbra moral, ética e institucional, sino llegar progresivamente al pleno amanecer, si ello fuera posible.

Finalmente, el actual—y hoy día insuficiente—progreso morado existe y puede verse; aunque no en todo detalle, porque es opaco. Y esto es lo que, a rasgos muy generales, he tratado de expresar en este artículo.

Nota: Más información introductoria sobre la corrupción rusa y china, aquí

  1. a) Corrupción en Rusia: https://goo.gl/ziA8be
  1. b) Corrupción en China: https://goo.gl/ZBp7Eh

Nota: El fenómeno de la corrupción rusa ya existía antes del fin de la guerra fría y era agudo, según estudiosos y especialistas. En el caso chino, también ha habido corrupción allí desde tiempos casi inmemoriales;

Nota: Este artículo intercambia y usa alternadamente las palabras progreso y desarrollo  para referirse al avance verificado durante una gestión política;

Nota: Si alguien cree que este es un texto “opaco,”  lo es,  tal como la realidad que retrata.